El caso es que llega un día en el que te despiertas y te ves
solo, sin ganas de seguir, sin ganas de abrir los ojos, cansado de ver cien
veces lo mismo lo trescientos sesenta y cinco días del año.
Y ves que no puedes hacer nada, que dar una moneda a un
indigente, tira una botella al conteiner de vidrio, sonreír a un niño, o
simplemente contribuir a la sociedad… no sirve de nada, porque mañana cuando
vuelvas a abrir los ojos y te mires al espejo todo seguirá igual.
Pero echas la mirada atrás y ves que hubo un día en el que
si tenías ganas de vivir, ganas de levantarte, ganas de salir y comerte el
mundo y decir que vales para eso y más… Un día atrás en el tiempo. Y piensas en
por qué se fue todo a la mierda, porque ya no saltas mares, porque ya no rompes
nubes, ni derrumbas montañas… Y sí, descubres que todo fue porque quien te dijo
que todo eso merecía la pena se fue, se marchó sin razón aparente, sin un adiós
ni un hasta luego; solo unas breves palabras antes de que tu mayor muro, tu
gran apoyo, tu esquema de vida se fuera al garete.
Y el culmen de esta espiral sin fin llega cuando no puedes
olvidar lo malo, cuando ves que llegan días especiales y sigue sin cumplirse tu
mayor deseo, sigue sin aparecer, que sigue sin ser esa broma que tanto deseas
que sea. Insoportable es ese dolor que se siente cuando vuelves a oler su
colonia, cuando vuelves a creer verla por la calle por décimo novena vez,
cuando vuelves a probar una croqueta y sigue sabiéndote mal porque no es la
suya, cuando te levantas cada noche entre sueños con lágrimas en los ojos, y
sobre todo el levantarte con su olor y su voz todavía en la cabeza.
Y crees que el fin de ese dolor llegará esa noche, esa noche
en la que te vuelves a quitar la ropa del trabajo, te preparas la cena, y sin
ni si quiera pensar, te comes un bocata de fiambre mirando un punto fijo cual autómata…
y tras una hora de encefalograma plano, te vas a la cama con esperanzas de que
el día siguiente sea mejor.
Que haya una razón por la que luchar, una razón por la que
ser distinto.
Pero te hartas, te hartas de tener que haber un porque, de
esperar que todo vaya a cambiar porque si de nuevo, de esperar que alguien te
diga arriba… Y te toca levantarte a ti mismo, quitarte el polvo de las rodillas
y seguir adelante; soportar que la vida te de hostias y devolvérselas, decirla
que seguiste adelante y que luchas por ella, que cuando vuelvas a verla ella te
sonría porque sepa que lo hiciste lo mejor que pudiste, porque diste más del
100% de ti mismo, porque fuiste como debiste de ser, porque no te rendiste a la
primera, porque no buscaste la riqueza, sino la pureza de espíritu.
Y ahora te pregunto.
¿Qué gritarás cuando te levantes mañana? ¿Estas orgulloso de
como terminaste hoy el día?